al fin él se decidió por un regalo, era Silvestre y se sentía en la obligación de hacerlo; se presentó con una bonita caja, de cartón, recubierta de tela color crema y lazo negro.
- La he hecho yo, ¿te gusta?, vamos, ábrela y mira que hay dentro.
Ella se acercó a la caja, sin hablar ni dando a entender que había escuchado algo, con su andar flotante y su larga falda, como un suspiro, sin ser nada más que una imagen recurrente producida por el opio. Delante de la caja, a su lado, cerca de él. Pasaron lo que pudieron ser horas o quizás sólo unos segundos los dos mirándose fijamente y él asintiendo, hasta que Ella decidió acercar su manos, sus dedos largos y blancos, al lazo.
Un pañuelo de seda cuidadosamente doblado escondía algo, un espejo de mano; empuñadura de plata y un grabado recorrían su contorno.
Ella, sin entender demasiado qué hacer con aquel objeto volvió su mirada para encontrar una respuesta en unos ojos apasionados, vivos, no abrió la boca, sus labios permanecieron cerrados.
- Anda, mírate, observa tu reflejo, así te verás como yo te veo. Así sabrás quién eres realmente.
(....)
- pero... está roto.
